Qué curiosa es la ironía,
y qué agusto se siente sumergida
en las ambigüedades de la vida,
está en su salsa.
Justo cuando
estás apunto de quedarte
dormido,
te asaltan
mil ideas a la cabeza,
invasoras del limbo
de tu mente,
masacrando
el ejército
de tu deseo
de transportarte al mundo
de los sueños
al más puro estilo
de Atila el Uno.
Qué curiosa es la ironía,
y aún más curioso
es su modus operandi.
Durante el día
eres un pobre zombi
desgraciado
cuyo único objetivo
es sobrevivir
en la jungla
en la que habita
y respirar
para poder
conseguir tal hazaña,
pero justo
cuando cae la noche
y el manto estrellado
en oscuridad
de la caprichosa providencia,
tu cociente intelectual
aumenta a unos niveles
tan elevados
que ridiculizarían
la cima
del monte Everest,
te conviertes
en un premio Nobel
en potencia.
¿Por arte de magia?
No, por culpa,
obra y gracia
de esa curiosa hechicera,
la ironía,
pero ella
sabe que tu vitalidad
se encuentra
en la UVI,
tu encefalograma
es casi tan plano
como el colchón
sobre el que yaces
a peso muerto,
moribundo, patético,
indigno
de alguien que se haga
llamar hombre.
Y ella
lo sabe,
disfruta,
esboza una sonrisa
mientras humedece sus labios
en un vaso
con dos hielos
empapados
de un whiskey caro,
sentada
en un sillón de piel
en el centro de una gran habitación
de la cuelgan
cabezas
en sus paredes.
Cabezas de otras víctimas,
trofeos,
y el marco de madera
que lleva tu nombre
está vacío,
ella quiere
que tú seas
el siguiente.
Lo sabes,
sabes cómo es la ironía
y lo curiosa
que es su metodología,
por eso te levantas
en un alarde
de valentía,
a trompicones
y a oscuras,
buscando a tientas
con el pie
tus patucos,
realizando
ese movimiento giratorio
de escaneo
sobre el terreno.
Cuando
por fin lo consigues,
agarras el primer
trozo de papel
que encuentras,
da igual,
ahora mismo te sirve
cualquier cosa
sobre la que se pueda escribir.
Y tú,
iluso,
trazas con maestría
tal sucesión
de letras
aliñadas con sentimientos
que hasta
el corazón
más frío
se derretiría al leer
tal magnífica obra.
Y justo
cuando crees que has vencido,
te cercioras
de la triste realidad.
Son las cinco
de la madrugada,
mañana toca despertarse temprano,
y ahí estás,
postrado
frente al escritorio,
escribiendo tonterías
que morirán
sobre papel mojado.
Efectivamente,
la ironía ha vuelto a ganar,
caes en la cuenta
de que ella
nunca conocerá derrota,
siempre
saldrá airosa
de cualquier trifulca
que mantenga con tu existencia,
siempre consigue
lo que quiere,
y acaba de conseguirte
una entrada gratuita,
pagada con tu vida,
al eterno mundo
del insomnio...
Qué curiosa es la ironía...
Qué puta es la ironía.
Traición a mi sangre
Me traicionan los días
en esta vida de angustia y muerte.
Me aparto de la guía
con la que caminaba por mi mente.
Me traiciona el tiempo.
Que como la escurridiza culebra
oculta entre helechos,
espera atraparme como la cuerda
que ahoga el sentimiento
alegre de cuando estuve en la senda.
O, como si hay viento,
vuela rápido escupiendo una tormenta.
Me traiciona mi cuerpo, lo que siente
es otra mentira.
Enloquece y rápidamente hierve
Por tener una vida
que no es la que a mi mente pertenece
y pierde allí la risa.
Se convierte en este paranoico ente
que estanca su ría.
Me traicionan hasta mis propias vísceras
mareando mi cuerpo
y así encubriendo mi incipiente veta,
mi sangre de poeta.